“Y leyeron en el libro de la ley de Dios, traduciéndolo y dándole el sentido para que entendieran la lectura.” (Neh. 8:8)

Predicar el texto adecuadamente es una prerrogativa del expositor bíblico. Es vital ser fiel en transmitir el mensaje que Dios quiso revelar en Su Palabra. La iglesia debe escuchar las Escrituras siendo expuestas de la manera que se hizo en los tiempos de Esdras: “Entonces el sacerdote Esdras trajo la ley delante de la asamblea de hombres y mujeres y de todos los que podían entender lo que oían. Era el primer día del mes séptimo… Y leyeron en el libro de la ley de Dios, traduciéndolo y dándole el sentido para que entendieran la lectura” (Neh. 8:2, 8).

Haciendo esto podemos descansar en que hemos cumplido con nuestra responsabilidad, sabiendo que es Él, por medio de Su Espíritu, el que obra en los corazones de los oyentes. No es por nuestra pericia o presentación. La obra la hace Él. Sin embargo, la tarea del expositor es vital, y hay consecuencias al fallar en hacerlo de la manera que Dios requiere.

La verdad de Dios es soberana y absoluta, no mis ideas o preferencias.

El no exponer la Biblia de manera expositiva tiene como consecuencia usurpar la autoridad de Dios sobre la mente y el corazón de los que escuchan. Yo sé que como pastor voy a rendir cuentas a Dios por el cuidado que he tenido del rebaño sobre el cual Él me ha colocado. Estoy convencido por la Palabra de Dios que la realidad fundamental que debo establecer sobre la vida de cada uno de ellos es que Dios tiene autoridad absoluta sobre sus mentes y corazones. La verdad de Dios es soberana y absoluta, no mis ideas o preferencias. La Palabra de Dios es la que debe reinar en sus vidas. La Palabra de Dios es la única que tiene autoridad.

Vivimos en una época donde la gente se resiste a pensar que hay una autoridad absoluta y total que es Dios. Rechazan afirmar que Él ha revelado Su voluntad absoluta en su Palabra. Hoy la gente piensa que cada uno es su propia autoridad, que cada uno es el capitán de su propia vida y que nadie le puede decir lo que está bien o está mal, lo que es verdad o mentira. Hoy en día existe un rechazo completo a un estándar de conducta o de moralidad. Por eso es que la sociedad en general tolera cualquier tipo de creencia y conducta por más perversa que esta sea. ¿Por qué sucede esto? Porque cada individuo es una ley para sí mismo. Cada quién auto-define lo que mejor le convenga. Sin embargo, cuando vamos a la Escritura, vemos que esto no debe ser así. Dios es el Soberano absoluto y Él ha hablado en su Palabra. Su Palabra declara ser la verdad. Esto quiere decir que no está abierta al debate. Es la autoridad final.

El oyente no debe solo escuchar sino que debe ser motivado a actuar.

La función del predicador—de todo aquel que enseña la Palabra—es decir claramente lo que Dios dice y guiar a los oyentes a entender las implicaciones de esa enseñanza en sus vidas y hacer algo al respecto. El oyente no debe solo escuchar sino que debe ser motivado a actuar. El expositor debe ayudar a su audiencia a lograr este fin. En un sentido, la función de un predicador bíblico es acorralar a los oyentes con las implicaciones de la Palabra de Dios. La idea es ayudarles a no evadirlo. Deben entender el significado del pasaje, observar que lo que dice es realmente verdad, que es verificable y que tiene autoridad sobre sus vidas.

El propósito de predicar exponiendo la verdad de Dios es que sea la Escritura la autoridad final y absoluta en la vida del predicador y de los que escuchan. Dios es el único que tiene tal autoridad y Él usa la verdad de Su Palabra para salvar y santificar. Él no ha ocultado Su verdad, no ha escondido su voluntad para con el hombre, sino que la ha revelado claramente en Su Palabra. Dios es veraz y Su Palabra es verdad, por lo tanto tu función como expositor es predicar Su Palabra fielmente de tal manera que los que escuchen se sometan a Su autoridad revelada.