“Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada” (Proverbios 31:28a)

A menudo se habla de la mujer virtuosa, de cómo ser una mujer piadosa; pero se habla poco de cómo ser una madre piadosa. El rol de una madre es esencial en el diseño divino, y Dios ha contestado esta pregunta en Su Palabra. Dios ha establecido pautas claras que nos dan dirección. Y debemos evaluar si estamos considerando el rol que Dios estableció o nos hemos amoldado a los estándares de este mundo. Cada madre es responsable de evaluar bíblicamente su vida para ver si está viviendo de acuerdo con el patrón que Dios estableció. Los hombres no estamos exentos, ya que, como cabezas del hogar, debemos cuidar de nuestras esposas y guiarlas para que puedan cumplir bíblicamente con su rol, tal como Dios lo ha establecido en las Escrituras.

Ser mamá es el llamado más alto que una mujer recibe en esta vida; y, si este llamado se cumple como Dios demanda, una madre debe distinguirse por la piedad.

Hoy en día, el rol de una madre ha sido tergiversado. Muchas madres y mujeres en la sociedad moderna no se enfocan en su responsabilidad primordial como esposas y madres. En vez de ello, viven para satisfacer sus propios objetivos, viven para sus carreras, sus trabajos y su recreación. El resultado es que hay poca o nula consideración hacia sus hijos. En última instancia, ellos son ignorados. Los hijos, que deberían ser prioritarios, son los que crecen prácticamente solos, sin la guía de una madre. Por supuesto que esto no solo es característico de las madres, sino también de muchos padres. Sin embargo, hoy nos estamos enfocando en las ellas.

El estándar de Dios para las madres no ha cambiado. Ser mamá es el llamado más alto que una mujer recibe en esta vida; y, si este llamado se cumple como Dios demanda, una madre debe distinguirse por la piedad. Un ejemplo de esto es cuando Pablo le dice a Tito, entre otras cosas, que las mujeres jóvenes deben amar a sus maridos, amar a sus hijos, ser puras y cuidadosas de su casa (Tito 2:4-5). Esto debería caracterizar a una mujer piadosa y, por ende, a una madre piadosa. También Pablo, hablando de la lista de viudas, dice que una viuda puede ser colocada en esta lista si cumple con lo siguiente: “que tenga testimonio de buenas obras; si ha criado hijos; si ha practicado la hospitalidad; si ha lavado los pies de los santos; si ha socorrido a los afligidos; si ha practicado toda buena obra” (1 Tim. 5:10). Esto significa que el haber sido piadosa y haber criado hijos piadosos es un requisito. Este es el estándar, la meta divina, el diseño de Dios para una mujer.

Cuando la Biblia habla acerca del honor de una madre, hay un personaje que resalta: Ana. Su nombre quiere decir “gracia” y, sin duda, ella es el emblema de la gracia en una mujer. Ana no podía tener hijos; sin embargo, por fe, llegó a ser madre de un hombre prominente. La Biblia la representa como una madre piadosa en una época turbulenta y corrompida. La nación necesitaba de un gran líder y había necesidad de una gran mujer que moldeara a ese hombre. Este hombre fue Samuel y su madre fue Ana. Samuel no solo fue el producto de la obra de Dios (aunque sabemos que todo es obra de Dios), sino el resultado de una madre piadosa. Ana le dio a la nación el legado más grande que una mujer puede dar: un hijo piadoso.

Dios quiere mujeres piadosas que cumplan su función dada por Dios, que no se amolden al mundo, sino que sean fieles y traigan gloria a Dios al hacerlo así.

Es nuestra oración que el Señor levante una generación de mujeres del calibre espiritual de Ana; mujeres que formen y moldeen a hombres que amen a Dios y que sean útiles para Su obra. La mujer no debe caer en la trampa y engaño de la sociedad actual. No debe olvidar lo valiosa que es para el futuro de la familia, de la sociedad y de la Iglesia. Dios quiere mujeres piadosas que cumplan su función dada por Dios, que no se amolden al mundo, sino que sean fieles y traigan gloria a Dios al hacerlo así.