“Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra.” (Hch 6:4)

Es de suma importancia conocer la verdad de Dios revelada en su Palabra. No existe algo de más peso e importancia en la vida de un ser humano que conocer la verdad de Dios. Muchas cosas parecen ser importantes pero realmente no lo son. Sin embargo, conocer la verdad de Dios sí lo es. De hecho, la iglesia está llamada a ser columna y sostén de la verdad. (1 Tim. 3:15) La iglesia no tendría dicho rol, si no fuera algo valioso. Por ello, la tarea fundamental y la responsabilidad de los pastores de una iglesia local es predicar, enseñar, y proclamar la verdad de Dios revelada en la Escritura.

Desde el comienzo de la iglesia cristiana la meta y tarea insustituible de sus líderes ha sido la enseñanza de la Palabra de Dios revelada en la Escritura. Un ejemplo claro de esto quedó registrado en Hechos 6:4: “Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra.” Es por esa razón que uno de los requisitos fundamentales de todo pastor como líder en la iglesia es ser “apto para enseñar” (1 Tim. 3:2). En otras palabras, debe ser capaz de exponer la Escritura, explicando su contenido de tal manera que los oyentes la entiendan, que vean sus implicaciones y que apliquen sus verdades a su experiencia diaria. Esto es lo que hacemos como pastores y maestros de la Palabra de Dios: la exponemos y la explicamos para que los oyentes entiendan lo que Dios demanda de ellos en Su revelación escrita.

La tarea fundamental de los pastores de una iglesia local es predicar, enseñar, y proclamar la verdad de Dios revelada en la Escritura.

La exposición de la Biblia, la Palabra de Dios, es insustituible. Dios se ha revelado en un Libro. Nosotros que fuimos llamados a predicar, somos ministros de ese Libro. Predicamos lo que Dios dice en este Libro a todos los hombres, tanto a los que no conocen a Dios, como a los que le conocen. Como líderes y maestros en la iglesia, nuestro mandato es simple: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.” (2 Tim. 4:1-2)

No existe en todo el Nuevo Testamento otro mandamiento que nos exhorte a hacer otra cosa en el ministerio que no sea esto. El llamado es sencillo y serio a la vez. Es de vida o muerte. Este es el llamado obligatorio y apremiante de todo siervo de Dios. No existe otro llamado que sea superior al de predicar la Palabra. Todo el que enseña debe ser fiel a este llamado y debe hacerlo de la manera correcta. Esto se logra explicando a los hombres esta revelación de Dios y enseñándoles los que significa, teniendo en cuenta el contexto histórico y gramatical de cada pasaje.

El fiel expositor debe responder tres preguntas claves para este propósito: ¿Qué dice el pasaje? ¿Qué significa lo que dice? ¿Qué implicaciones tiene para mi vida? El objetivo último no es solo que todo eso quede grabado en su mente, sino que cada uno aplique a su situación personal lo que Dios dice. El que enseña debe ayudar a sus oyentes a ser no solo oidores sino también hacedores. Pero, para ser hacedores, debemos ayudarles primero a entender y lo que implica para ellos. Haciendo esto, podemos descansar tranquilos, sabiendo que el Espíritu Santo es el que hace la obra en el corazón del creyente.

¿Has sido llamado a predicar la Palabra? ¿Estás siendo fiel a tu llamado, predicando a tiempo y fuera de tiempo y haciéndolo de la manera correcta? Oro que Dios pueda usar a hombres fieles en todo el mundo que prediquen Su Palabra tal como debe ser predicada.