“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.” (2 Tim. 4:1-2)

Dios nos manda predicar Su Palabra fielmente. El ministro de la Palabra debe predicar a tiempo y fuera de tiempo. El texto bíblico no deja lugar a dudas. No es opcional. El que enseña debe ser incesante en hacerlo de manera fiel. Debe primero someterse él mismo a la Palabra inspirada de Dios para ayudar después a la iglesia a someterse y obedecer también. La predicación expositiva es fundamental en esta tarea. Si el predicador no expone fielmente el texto, tal como Dios lo requiere, está desobedeciendo el mandato de Dios y no se está sometiendo a la Escritura. La predicación expositiva busca ser fiel a lo que Dios quiso comunicar: “Y leyeron en el libro de la ley de Dios, traduciéndolo y dándole el sentido para que entendieran la lectura.” (Neh. 8:8)

Cuando una iglesia y sus pastores no enseñan cuidadosamente la Escritura, están cometiendo lo que en la teoría ellos negarían rotundamente: una falta de sometimiento a la Escritura.

En teoría, cualquier cristiano—y en especial un predicador o ministro de la Palabra—afirmaría su deseo de someterse a lo que Dios demanda de Sus hijos. Nadie negaría esto abiertamente. Sin embargo, en la práctica, cuando una iglesia y sus pastores no enseñan cuidadosamente la Escritura, están cometiendo lo que en la teoría ellos negarían rotundamente: una falta de sometimiento a la Escritura. Si el que enseña no predica el texto bíblico fielmente, respetando su contexto y la intención original del autor, no solo no está sometiéndose él mismo, sino que está privando que la congregación se someta a la Escritura. Es fundamental que nos sometamos, no solo en la teoría sino también en la práctica.

Como predicadores, debemos buscar por medio del estudio de la Palabra conocer más y mejor a Dios y Su voluntad. Nunca podemos poner esto en un segundo plano ya que es prioritario. No veamos de menos esto ya que somos llamados primero a someternos personalmente a la Palabra de Dios. Solo después de esto, y como resultado de este sometimiento, podemos enseñar a otros a hacer lo mismo a través de una predicación fiel. Si no conocemos profundamente a Dios y no nos sometemos activamente a Su voluntad para nosotros, no podremos pedir a Su iglesia que haga lo mismo.

Pablo encareció a los ancianos de la iglesia en Éfeso a que hicieran esto sabiendo que la Iglesia es del Señor. El velar por ellos mismos y por el rebaño van de la mano y es una responsabilidad grande: “Por tanto, mirad por vosotros, (tened cuidado de vosotros) y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hechos 20:28). 

Un hombre de Dios que predica la Palabra estudia primeramente para conocer mejor a Dios, para someterse a Su voluntad revelada, para crecer espiritualmente y, como resultado de su creciente relación con Dios, enseñar a otros a hacer lo mismo.

Hermanos, ¡Cristo compró a la iglesia con Su propia sangre! El rebaño no le pertenece al pastor sino al Gran Pastor. Por eso, cada pastor debe ser responsable de su vida primeramente para entonces cuidar de la iglesia del Señor. Un pastor no estudia para dar un sermón. No es un trabajo para el que simplemente debe prepararse para ejecutar como lo haría alguien que da una exposición sobre un tema financiero o científico. Un hombre de Dios que predica la Palabra estudia primeramente para conocer mejor a Dios, para someterse a Su voluntad revelada, para crecer espiritualmente y, como resultado de su creciente relación con Dios, enseñar a otros a hacer lo mismo. La responsabilidad es seria y el llamado es único; no debemos olvidarlo. Obedezcamos primeramente cuidando nuestra vida, la de nuestras familias, y como consecuencia, la del rebaño que el Señor ha puesto bajo nuestro cuidado.

No hay atajos: la única manera de ser fiel a este mandato es conociendo más y mejor la Escritura, y enseñándola fielmente a otros para que aprendan y obedezcan de igual manera. Enseñamos la Biblia y nos basamos nada más que en la Biblia. No enseñamos temas culturales, sociales ni psicológicos. No nos valemos de métodos de mercadeo y esquemas humanos que vienen del contexto social en que vivimos. No enseñamos “opiniones de expertos”, sino que proclamamos y explicamos la Escritura con el propósito de someternos a lo que Dios manda en ella. Hermano que enseñas: ¡predica fielmente el texto!