“Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Pero sabemos que cuando El se manifieste, seremos semejantes a El porque le veremos como El es”. (1 Jn.3:2)

Está claro en el Nuevo Testamento que una de las motivaciones principales para el creyente en cuanto a vivir una vida piadosa es la esperanza de ver al Señor cuando El venga por segunda vez. Como cristianos vivimos con la expectativa de su venida por su iglesia, y cuando esto ocurra, nuestra vida sobre esta tierra será evaluada a la luz de nuestra conducta, lo cual traerá como resultado recompensa o pérdida. Pablo habla de esta realidad escribiendo a los corintios: La obra de cada uno se hará evidente; porque el día la dará a conocer, pues con fuego será revelada; el fuego mismo probará la calidad de la obra de cada uno. Si permanece la obra de alguno que ha edificado sobre el fundamento, recibirá recompensa. Si la obra de alguno es consumida por el fuego, sufrirá pérdida; sin embargo, él será salvo, aunque así como por fuego.

Como hijos de Dios hemos sido perdonados por todos nuestros pecados (1 Jn. 2:12; Col. 2:13-14). Nuestros pecados han sido pagados para siempre por el sacrificio de Cristo en la Cruz a favor nuestro. Ya no seremos juzgados por nuestros pecados ya que El pago por ellos y hoy está a la diestra de Padre intercediendo por nosotros (Rom. 8:34; Heb. 7:25). Pero, en el futuro recibiremos o no recibiremos recompensas en base a nuestra santidad práctica y servicio al Señor aquí en esta tierra. Juan también afirma esta verdad en su segunda epístola: “Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo”. No es posible perder la salvación, pero sí es posible perder galardones. La salvación es un don de Dios de pura gracia, sin obras (Ef.2:8-9). Pero el galardón es recompensa por lo que en esta tierra hacemos (buenas obras) en el nombre del Señor como resultado de nuestra salvación (v.10).

Debemos vivir en santidad práctica a la luz de nuestra esperanza eterna. El Señor viene otra vez para llevarnos con El a su Gloria. El prometió que estaríamos con El (Jn.14:1-3). Sin embargo, nuestra esperanza futura tiene implicaciones para nuestra conducta presente. Algún día, tal vez muy pronto, le veremos cara a cara y finalmente seremos completamente transformados a su imagen (1Jn. 3:2) ¿Cómo es tu conducta presente? ¿Qué estás haciendo hoy a la luz de esta  realidad futura? ¿Andas hoy manifestando tu salvación por medio de buenas obras? ¡Medita en esto!

El  apóstol Pablo nos exhorta en Colosenses 3, “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con El en gloria”.
Padre, ¡concédenos hoy la gracia para vivir a la luz de esta verdad!