“También hemos obtenido herencia, habiendo sido predestinados según el propósito de aquel que obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad.” (Efesios 1:11)

Una de las grandes verdades de la Escritura es que Dios es absolutamente soberano en todo lo que hace. Él hace todas las cosas de acuerdo “al designio de su voluntad”. La soberanía de Dios se observa de forma particular en la elección de muchos para salvación.

Y es que ésta no depende del ser humano. No se trata de que un hombre quiera ser salvo, sino de Dios que tiene misericordia (Rom. 9:16). Tampoco depende de la buena conducta de nadie. No existe nada bueno o digno en nosotros que mueva a Dios a salvarnos. La salvación no está en el hombre, ni en nada que el hombre haga. Estamos en una condición trágica a menos que Dios intervenga.

En la Escritura se describen verdades como la elección, la predestinación, el regalo de la gracia y el perdón de pecados que solo pueden ser otorgados por Dios sin ninguna intervención del hombre. Fue Dios, y no el hombre, quien tomó la iniciativa en el plan de salvación.

La soberanía de Dios se observa de forma particular en la elección de muchos para salvación.

¿Y nosotros qué? El ser humano debe esperar en Cristo y creer en Él. Alguno dirá: Entonces… ¡hay algo que el hombre tiene que hacer! Sin embargo, aun esto es imposible a menos que Dios nos conceda, por Su gracia, la fe, el arrepentimiento y el deseo de volvernos a Él (Ef. 2:8).

La salvación es cien por cien obra de Dios en todas sus partes. Por lo tanto, toda la gloria y la alabanza se atribuyen a Dios. Dios, por Su gracia soberana, nos ha escogido para salvación. Él nos sacó del río de la humanidad que va cayendo en cascada hacia el infierno. Esta verdad debería traer seguridad al creyente pues garantiza que su salvación no depende de sí mismo, sino que está en manos del único Dios poderoso que cumple su Palabra.

¡Que verdad tan humillante y a la vez tan gloriosa!