¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos. (Isaías 6:5)

A menudo luchamos como creyentes con tener la actitud adecuada ante el pecado. Carecemos de la contrición y temblor ante el pecado que manifestaron en ocasiones siervos de Dios al darse cuenta de su condición pecaminosa. Tal fue el caso de Isaías quien, al contemplar la majestad  y santidad de Dios en aquella magnifica visión de Isaias 6, dijo así: “¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos”. (Is 6:5) Job 1:8 describe a Job como un “hombre intachable y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”; sin embargo, al final del libro, cuando Dios lo confronta, Job reconoce su pecado y exclama: “Por eso me retracto, y me arrepiento en polvo y ceniza”. (Job 42:6) Esta es la actitud que debe caracterizar a un hijo de Dios que se enfrenta a su condición pecaminosa y lidia con su pecado. No se puede esperar menos del creyente. Sin embargo, la mayoría de nosotros lidiamos con nuestro pecado solamente en un par de categorías. Tendemos a evaluar nuestra condición espiritual y decir: “Bueno, no veo pecados escandalosos en mi vida”. Eso nos deja “satisfechos” y hacemos caso omiso al resto. Al hacer esto, tendemos a pensar que no somos tan malos como otros y que eso es suficiente. Esta manera de pensar hacer que nos exoneremos a nosotros mismos y que, en última instancia, nos engañemos a nosotros mismos. Debemos tener conciencia de la magnitud de nuestra pecaminosidad tal como la tuvo Isaías y Job y debemos reaccionar adecuadamente. No hagamos caso omiso de nuestro pecado, sino que tengamos temor, confesemos nuestro pecado y acudamos a Jesús, sabiendo que Él pagó en nuestro lugar.

Reflexión: ¿Estás reaccionando adecuadamente a tu pecado? No esperes más, tiembla ante la realidad del mismo, pero sé pronto para confesar tu pecado delante de Dios confiando en los méritos de Jesucristo.