“Volví mi rostro a Dios el Señor para buscarle en oración y súplicas, en ayuno, cilicio y ceniza”. (Daniel 9:3)

Si eres creyente, si eres hijo de Dios, debes orar. Esto no es negociable. Al mismo tiempo, todo hijo quiere comunicarse con su Padre. El punto no es si debes orar o no. Todo creyente ora. La pregunta es, ¿cómo oras?

A menudo oramos sin anhelo o sin carga por lo que estamos pidiendo, sin tener tristeza por el pecado, sin sentir tristeza alguna por la condición de la iglesia en general, siendo indiferente por muchas cosas que deberían derretir nuestro corazón en súplicas.

El Antiguo Testamento nos habla de un hombre que oraba fervientemente: Daniel. No todo era color de rosa en la vida de Daniel. Él, como nosotros, experimentó dificultades—algunas muy complicadas, sin embargo, Él no dejó de orar nunca. Daniel sabía que Dios era soberano y que Él cumpliría Su voluntad. Sabía que estaban en cautividad porque habían pecado y, aunque era consciente de que no sería para siempre, no se sentó a esperar a que Dios los librara, sino que oró y lo hizo fervientemente. Él no oraba fervientemente porque todo iba bien, tampoco oraba porque todo iba mal. Este hombre de Dios no oraba de vez en cuando, o solo cuando tenía alguna necesidad personal, o solo si él se veía afectado por algo. Daniel se caracterizaba por ser un hombre de oración, independiente de las circunstancias.

El texto bíblico describe a Daniel volviendo su rostro al Señor, a Aquel que tenía el control de todo. Se acercó en oración a Dios y lo hizo con súplicas y en ayuno. Vino ante Dios reconociendo ante quién se acercaba y sin olvidar quién era él. Al mismo tiempo, era una oración intensa, no una oración cualquiera. Hay mucha intención en lo que hace y no lo afronta a la ligera.

La Escritura resalta que los que ayunan lo hacen porque están tan enfocados en buscar a Dios en oración que no tienen ningún interés en comer.

Daniel se acercó a Dios en ayuno. Y en las Escrituras, el ayuno siempre está relacionado con la oración. ¿Por qué? Porque la Escritura resalta que los que ayunan lo hacen porque están tan enfocados en buscar a Dios en oración y en su petición que no tienen ningún interés en comer. Fue así la actitud de David cuando sabía que su hijo moriría, después de haber pecado con Betsabé. No existe una virtud particular en el ayuno. La virtud está en la preocupación, en el priorizar el buscar a Dios. Así se ve, se siente y se respira la oración ferviente. Fue así también la oración de Ana en 1 Samuel 1:8: “Entonces Elcana su marido le dijo: Ana, ¿por qué lloras y no comes?” Ana estaba tan consumida con su petición a Dios, rogando que Dios le concediera un hijo, que no comía. Esta es la clase de oración que estos personajes bíblicos hacían y que nos retan y sientan un precedente para que nosotros imitemos.

Daniel no oró a la ligera, no oró de paso, no oró por compromiso; sino que oró intensamente y humildemente, reconociendo su posición y la posición del que recibiría esa oración.

Daniel, aparte de orar intensamente y en ayuno, también oró en cilicio y ceniza. Muchas veces en la Escritura, estos elementos son símbolos de humillación delante de Dios. Este hombre fiel oraba a Dios, vaciándose por completo y también humillándose por completo. No oró a la ligera, no oró de paso, no oró por compromiso; sino que oró intensamente y humildemente, reconociendo su posición y la posición del que recibiría esa oración. ¿Oras tú de esta manera? ¿Te preocupas por las cosas que Dios se preocupa? ¿Te duele ver tu pecado y el del pueblo de Dios? ¿Te humillas bajo la poderosa mano de Dios?

Daniel oraba con la fervencia que Santiago 5:16 menciona: “La oración eficaz del justo puede lograr mucho”. La oración de Daniel no era superficial como muchas de nuestras oraciones que elevamos a Dios. Solemos ser egoístas en oración, pedimos solo por los que nos afecta o aquello que puede afectar a los que amamos. A menudo oramos sin anhelo o sin carga por lo que estamos pidiendo, sin tener tristeza por el pecado, sin sentir tristeza alguna por la condición de la iglesia en general, siendo indiferente por muchas cosas que deberían derretir nuestro corazón en súplicas.

¿Estás orando eficazmente? ¿Estás orando fervientemente? ¿Te caracterizas por una oración así? Un hombre comprometido con Dios—un hombre de oración—siente como Dios siente. Debemos identificarnos con aquello que está cercano al corazón de Dios. Oremos fervientemente y en humildad a Dios, apelando a Él y reconociendo nuestra posición ante Él, pero confiados en que podemos venir con libertad ante Él como un hijo viene ante su padre.

– Henry Tolopilo.