Cuando lees los pasajes en el Nuevo Testamento acerca del creyente y la oración, ¿te has dado cuenta que tienen en común? Mateo 26:41, Efesios 6:18, Filipenses 4:6-7, 1 Tesalonicenses 5:17. Te animo a leerlos detenidamente ahora. Si hay algo que es común a todos es que estos son mandamientos a orar. Hace un tiempo escuché a un conocido predicador decir: “cada mañana cuando me levanto hago lo que mi carne odia, orar”. Esta cándida y honesta declaración me hizo pensar en cuan cierta es y cómo me identifico con ella.

La Escritura no nos sugiere que oremos si somos hijos de Dios, sino que nos manda a hacerlo. Debemos orar siempre, orar en todo tiempo; debemos velar y orar; con toda oración y suplica en el Espíritu con acción de gracias y perseverar en ello. Lo que observamos en estas declaraciones bíblicas es que orar, entonces, no depende ni tiene que ver con mi estado de ánimo. No es que oramos cuando tenemos ganas y nos sentimos con deseos de orar. Aun más, estos mandamientos a orar asumen que no vamos a desear orar. La carne no desea ni está inclinada a ninguna disciplina espiritual, sino todo lo contrario (Gálatas 5:16-17), y como lo expresó este siervo de Dios: la carne odia orar.

Orar es una lucha espiritual diaria que demanda atención y vigilancia.

El diablo y sus huestes no quieren que oremos, y continuamente se oponen a todo creyente, especialmente cuando éste ora y busca estar firme en el Señor (Efesios 6:10-17, 18). De manera que la carne se opone a que oremos y el diablo sutilmente usa sus estratagemas (2 Cor.11:2) para que no oremos. Orar es una lucha espiritual diaria que demanda atención y vigilancia. Orar no es solo difícil, sino imposible sin el Espíritu de Dios, quién reside en nosotros y nos da aun el poder para orar cuando ni siquiera sabemos cómo hacerlo (Rom.8:27). Es posible que estés leyendo esta breve meditación y realmente en la debilidad de tu carne y en el fragor de la batalla espiritual en la que hoy te encuentras, sabes que debes orar, pero no tienes ganas, ni tampoco fuerzas. ¡Anímate mi querido hermano o hermana! No estás solo en esta lucha.

El apóstol Pedro nos recuerda que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo (1 Pedro 5:9). Por tanto, ¡Ora, ora, ora! Sin esperar un sentimiento particular, y a pesar en tus sentimientos, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer tus peticiones delante de Dios. La promesa es que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús (Fil.4:6-7).