Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es vuestro culto racional. (Rom. 12:1)

Dios es el que salva, por eso el apóstol Pablo comienza este capítulo así, rogando a su audiencia a que actúe en base a todas las misericordias de Dios que han sido manifiestas en la salvación. Les recuerda lo que Dios ha hecho y lo toma de fundamento para lo que dirá, ya que Dios, de una manera singular, nos ha cubierto con Su misericordia y compasión al salvarnos: “tendré misericordia de quien tenga misericordia y tendré compasión de quien tenga compasión” (Rom. 9:15). No podríamos ser salvos de otra manera. Por eso, en base a esa verdad, Pablo exhorta al creyente a presentar sus “cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es vuestro culto racional” (12:1). El creyente debe vivir para la gloria de Dios. Es imposible pensar que somos de Él y que vivimos para nuestros placeres y deleites. Si somos de Él, lo somos completamente. Él es nuestro Salvador y nuestro Señor. Pero ¿cómo presentamos nuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo? Pablo responde inmediatamente en el versículo dos: No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (12:2). Debemos vivir para Él, para Su gloria y Sus propósitos, y la manera de hacerlo es no amoldándonos a este mundo, sino siendo transformados por medio de la renovación de nuestra mente a través de la Palabra de Dios. Leyendo y meditando en la Palabra de Dios, el Espíritu Santo obrará para transformarnos, le conoceremos más y mejor y comprenderemos Su voluntad. Esto nos permite vivir aún más para Su gloria y ya no más para nosotros. Somos de Él plenamente (Gal. 2:20). Sometámonos a Él y hagamos Su voluntad, la cual es buena, agradable y perfecta.

Reflexión: A la luz de que hemos sido redimidos por Él y llamados a salvación conforme a Su propósito eterno desde antes de la fundación del mundo, vivamos para Él, sometiéndonos a Su voluntad sin amoldarnos a este mundo.