¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación. Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos, porque siempre están conmigo (Salmos 119:97-98)

El hijo de Dios se caracteriza por amar la ley del Señor y por estar dispuesto a obedecerla. Todo creyente debe ser un estudioso de la Palabra de Dios. Debe meditar en ella constantemente, tal como el salmista afirmaba: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación…” (Salmos 119:97). Esto es de vital importancia porque es por medio de la Escritura que el creyente es santificado. El Espíritu Santo renueva la mente del creyente al meditar en la Palabra. Es necesario un estudio constante y diligente de Su Palabra para poder conocer a Dios y Su voluntad, así como conocer más acerca de nosotros y nuestro pecado. Por eso, conocer Su Palabra y someterse a ella es prioritario. ¡Cuánto más debe prepararse y atesorar la Palabra de Dios todo aquel que pastorea, enseña y dirige a otros! La responsabilidad es grande. Solo después de prepararse diligentemente y meditar constantemente en la Palabra, puede el ministro enseñar a otros a hacer lo mismo a través de una predicación fiel. Si el siervo de Dios no conoce profundamente a Dios y se somete activamente a Su voluntad primero, no podrá pedir al rebaño que se le ha encomendado a que haga lo mismo. Por eso Pablo encareció a los ancianos de la iglesia en Éfeso a que velaran por ellos mismos primeramente: “Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hechos 20:28). Si eres hijo de Dios, anhela conocerlo más cada día por medio de Su Palabra. Lucha activamente por tu santificación. Si además, eres un ministro de la Palabra que guía a otros, vela por tu vida con más celo.

Reflexión: ¿Qué prioridad tiene la Palabra de Dios en tu vida? ¿Amas Su Palabra y buscas meditar en ella continuamente?