Ninguno de nosotros vive para sí mismo” (Romanos 14:7)

La oración es fundamental para el creyente. Y la verdadera oración debe ser desinteresada. Solemos tener la tendencia a orar por mi situación, mi familia, mis problemas, mis deseos, mi crecimiento, mi enfermedad, etc. Sin embargo, debemos levantar nuestra vista y ver más allá de nosotros mismos. Hermano, no te preocupes tanto de ti, mira a tu alrededor y pide por tu hermano, por tu iglesia, por los escogidos de Dios. La vida espiritual que tenemos en Cristo no se trata de ti únicamente. Se trata de Dios y los Suyos. El creyente verdadero orará además de por sí mismo, por la Iglesia del Señor.

Daniel fue un hombre de oración; sin embargo, la evidencia en la Palabra nos deja ver que él no oró únicamente por sí mismo, sino que se caracterizaba por interceder por Su pueblo. Su oración es consistente con lo que vemos en la Escritura, ya que, por lo general, la oración en la Escritura no es solo personal. Noten cómo Daniel ora por todos: 5 hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho lo malo, nos hemos rebelado y nos hemos apartado… 6 No hemos escuchado… 8 …hemos pecado contra ti. 9 …nos hemos rebelado… 10 y no hemos obedecido… 11 …porque hemos pecado contra Él. 13 …pero no hemos buscado el favor del Señor nuestro Dios, apartándonos de nuestra iniquidad y prestando atención a tu verdad. 14 …pero nosotros no hemos obedecido su voz” (Daniel 9:5-14).

El creyente verdadero orará además de por sí mismo, por la Iglesia del Señor.

Daniel hace esta oración tal como el apóstol Pablo anima a los efesios a orar muchos años después: “Con toda oración y súplica orad en todo tiempo en el Espíritu, y así, velad con toda perseverancia y súplica por todos los santos” (Efesios 6:18). Daniel ora por su pueblo, se identifica con ellos, así como Pablo exhortó a los creyentes a orar por los santos. La oración de Daniel no fue egoísta, sino que ora por los demás también.

Jesús nos brindó otro ejemplo, del cual podemos aprender, cuando enseñó a sus discípulos a orar de la siguiente manera: “Danos hoy el pan nuestro de cada día. Y perdónanos nuestras deudas… Y no nos metas en tentación, más líbranos del mal” (Mateo 6:11-13). Es más, Jesús comenzó a orar diciendo “Padre nuestro” (Mateo 6:9). Él no ora por sí mismo. Está modelando a los discípulos y desde el principio ora por todos, dirigiéndose a Dios como “nuestro Dios”. El enfoque de la oración no soy solo yo, sino también otros que como yo tienen las mismas necesidades. Es precioso y reconfortante darse cuenta de esto y vivir la vida cristiana juntos, orar los unos por los otros, sostenerse los unos a los otros y estimularse los unos a los otros al amor y las buenas obras (Hebreos 10:24).

Es hermoso cuando como hermanos nos sostenemos los unos a los otros, especialmente en oración. Esto nos une y nos fortalece, reconociendo que somos miembros los unos de los otros, sostenidos por la cabeza que es Cristo. Por eso Pablo, en Gálatas 6:2, nos exhorta así: “Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”. Somos miembros de un mismo cuerpo, la iglesia de Jesucristo. Somos miembros de la familia de Dios. Por eso, “si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se regocijan con él” (1 Corintios 12:26).

Debemos caracterizarnos por ser hombres y mujeres de oración que se preocupan por sus hermanos.

Como creyentes debemos evitar pensar en nuestros intereses y, en un lugar de ello, cultivar y pensar en los intereses de nuestro prójimo. Somos propensos al egoísmo y a ensimismarnos. Esta es la tendencia de nuestra carne y nadie está exento a caer en este error. Debemos caracterizarnos por ser hombres y mujeres de oración que se preocupan por sus hermanos, por la Iglesia del Señor.

Cuando un cristiano en la iglesia sufre, todos sufrimos. Ningún creyente debe ser una isla. Debemos permanecer unidos, sostenernos mutuamente y animarnos continuamente. Debemos considerar que nuestra conducta, actitudes y palabras tienen impacto en otros. Por eso Pablo dijo en Romanos 14:7: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo”. Debemos vivir para Él (2 Co. 5:15), amando lo que Él ama y buscando agradarle siempre. Cuando vivimos para Cristo, automáticamente vivimos para el bien y la edificación de los que pertenecen a Su Iglesia.