“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”. (Juan 17:17)

La Biblia es la Palabra de Dios y, como tal, necesitamos que sea aplicada a nuestros corazones constantemente. Solo la Palabra de Dios, por medio de la obra del Espíritu Santo, puede transformar nuestras vidas. Es el Espíritu Santo el que ilumina Su verdad en nosotros. Si Su Palabra no es predicada fielmente de manera expositiva, entorpecerá la obra del Espíritu Santo. Una predicación fiel será siempre un medio de gracia para la salvación y santificación de los que escuchan: “Porque ya que en la sabiduría de Dios el mundo no conoció a Dios por medio de su propia sabiduría, agradó a Dios, mediante la necedad de la predicación, salvar a los que creen” (1 Cor. 1:21). Pablo afirma esto de manera muy rotunda, porque si la Escritura no se expone fielmente, entonces el Espíritu Santo no obrará. Y las implicaciones son devastadoras.

La única manera en la que el Espíritu trabaja es por medio de la Palabra de Dios que Él mismo inspiró.

¿Has tenido la oportunidad de asistir a algún servicio donde lo que impera es la algarabía, la música estridente, y algún predicador que grita mucho? Tristemente, lo vital en estas reuniones no es la Palabra de Dios sino “sentir” y “gozarse”, además de resaltar la figura del que predica. En estas reuniones escasea la Escritura siendo predicada, explicada y aplicada fielmente. Lo que sí abundan son las ideas y manipulaciones que provienen del predicador. Lamentablemente, ni las ideas del predicador ni las “experiencias” que dicen tener, salvan o santifican al creyente.

Muchos relacionan erróneamente ese tipo de experiencia con la evidencia de la obra del Espíritu Santo. La realidad es que en esos contextos no existe ninguna obra espiritual porque la única manera en la que el Espíritu trabaja es por medio de la Palabra de Dios que Él mismo inspiró. (2 Pedro 1:20-21). Tal vez te estés preguntando cómo lo hace. Por un lado, el Espíritu Santo utiliza la Palabra regenerando y dando vida a pecadores: “siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre”. (1 Pedro 1:23) Por el otro lado, el Espíritu utiliza la Palabra edificando y madurando a los creyentes; es decir, los santifica: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”. (Juan 17:17) Por esta misma razón Pedro instruyó de la siguiente manera:“desead como niños recién nacidos, la leche pura de la palabra, para que por ella crezcáis para salvación”. (1 Pedro 2:2) La obra del Espíritu Santo se evidencia por la Palabra de Dios abundando en nuestras vidas. (Col. 3:16)

Es vital que la Palabra de Dios sea predicada fielmente, de manera expositiva, en su contexto, y aplicándola al corazón de los que escuchan.

Por todo lo anterior es vital que la Palabra de Dios sea predicada fielmente, de manera expositiva, en su contexto, y aplicándola al corazón de los que escuchan. No queremos ser un estorbo para que el Espíritu Santo obre. No queremos limitar lo que Dios quiere hacer en medio de los Suyos. Todo predicador tiene el reto de trazar la Palabra de Dios con precisión. (2 Tim. 2:15). El que predica o enseña es simplemente un heraldo que comunica el mensaje. No es su agenda personal o lo que le interesa, sino la verdad de Dios. El Espíritu Santo no obra por medio de las experiencias. El Espíritu Santo siempre obra por medio de la Palabra de Dios. Amigo predicador, no estorbes el obrar de Dios por medio de Su Espíritu. Predica la Palabra a tiempo y fuera de tiempo, con precisión, siendo fiel en transmitir todo el consejo de Dios, para salvación de los que se pierden y santificación de los que son Suyos.

La obra del Espíritu Santo no es un lugar con una atmósfera espectacular, no es música estruendosa, no son luces brillantes, no es el carisma de un predicador, no son voces jubilosas. El Espíritu siempre obra a través de la Palabra salvando a pecadores y edificando a los que pertenecen a Dios. Entonces, lo que buscamos al predicar expositivamente es que Dios haga su obra por medio de Su Palabra. Predicamos la Palabra para que la autoridad de Dios gobierne sobre cada uno de nosotros, el Señor Jesucristo sea exaltado, y el poder transformador del Espíritu Santo lleve a cabo su obra por la Palabra.