Y Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando el evangelio del reino… Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor… A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. (Mateo 9:35-36)

La enseñanza de la Palabra y la proclamación del evangelio constituyen el ministerio primordial de la iglesia, hasta que el Señor venga. Jesús era intencional en esto, y lo hacía de continuo (Mat 9:35), proclamando el evangelio del reino en todo lugar (Mat 4:17). Debemos seguir su ejemplo. Cada vez que la iglesia se reúne para adorar, la Palabra de Dios debe ser enseñada fielmente. Es por ello que Pablo exhorta a Timoteo a ocuparse “en la lectura (de las Escrituras), la exhortación y la enseñanza” (1 Tim 4:13). ¿Qué debe motivarnos a hacer lo mismo? Primero, la compasión (Mat 9:36). Jesús sanaba a los que venían a Él; sin embargo, sus necesidades espirituales eran más importantes. El Señor tuvo compasión; sufrió con ellos, sintiendo su dolor. Jesús se angustiaba por la condición espiritual de las personas sin Dios (Mat 23:27). Este es el corazón de Dios para con los perdidos. Segundo, la condición del hombre (Mat 9:36). Jesús vio la condición real de las multitudes desamparadas y dispersas. Los líderes religiosos como pastores de Israel las lastimaron en lugar de cuidarlas (Mat 10:6), imponiendo cargas sobre ellas (Mat 23:2-4). Jesús era el buen pastor (Juan 10:11) que los guiaría y haría descansar (Mat 11:28-30). Tercero, la consumación (Mat 9:37). Contrario a la creencia actual, la mies no es el campo misionero, los elegidos, ni los que buscan a Dios (Is 17:10-12). Cuando el Señor vio a las multitudes, Él pensó en la mies de juicio que viene sobre la humanidad. El Señor vio la consumación de la historia en juicio (Joel 3:9-13; Ap 14:14-19). Hermano, no pierdas el sentido de inminencia e inevitabilidad del juicio eterno de Dios sobre los perdidos (2 Tes. 1:6-9). Que estas verdades te sacudan y te motiven a proclamar Su evangelio y Su verdad fielmente.

Reflexión: ¿Qué te motiva a predicar y evangelizar? ¿Acaso has dejado que sea algo rutinario en tu vida? No pierdas de vista la urgente necesidad de anunciar el evangelio a toda criatura.