Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. (Lucas 9:23)

Los equipos deportivos tienen fanáticos que los siguen a todas partes, gozándose y sufriendo con ellos, pero después del partido todos regresan a su vida normal. No es lo mismo para el creyente. Seguir a Cristo implica no solo ser Su discípulo, sino también someterse a Él: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc. 9:23). Jesús no nos hace un llamado a un nivel superior de espiritualidad después de la salvación. Su llamado es a salvación. No hay diferencia entre seguir a Cristo y tener una fe que salva. La fe que salva es una fe que se manifiesta en obediencia y sumisión al Señor (1 Juan 3:2-3, 9). Por lo tanto, no hay una separación entre el creer y el obedecer. Somos propensos a olvidar y debemos recordar de continuo a nuestra alma quién es Dios y quiénes somos nosotros. Debemos evaluarnos constantemente y depender de Él, ya que, si eres Su Hijo, debes caracterizarte por obedecer Su Palabra (Tito 2:11-14). Si Jesús te llamó a seguirle esto implica estar dispuesto a hacer lo que Él demanda, aun cuando esto implique perderlo todo. Primero, debes estar dispuesto a negarte a ti mismo. Tu vida ya no es tuya. Debes ser pobre en espíritu (Mat. 5:3) y reconocer tu posición (Lc. 18:13). Segundo, debes tomar tu cruz. Esto no implica vivir una vida sacrificada, sino que habla del costo del discipulado—de seguirle. ¡Es un llamado a vivir para Él y estar dispuesto a morir por Él! (Hch. 20:23) Tercero, debes seguir a Cristo. Debes caracterizarte por seguir a Cristo siempre. Ser Su discípulo no consiste en hacer valer una decisión que hiciste hace años, sino en hacer de continuo la voluntad de Dios como resultado de una fe genuina.

Reflexión: Debemos ser consistentes en nuestra vida, caracterizándonos por la obediencia con gozo a Aquel que nos salvó y nos dio vida cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados.