¿Qué es lo que te causa más felicidad? ¿Has pensado alguna vez en esta pregunta? A menudo las personas dicen que lo que les hace felices son cosas inmateriales como un sentido de auto-realización o el sentirse plenos o amados. Pero, ¿hay felicidad verdadera y duradera en estas cosas? Por otro lado, en el día a día, las personas parecen basar su felicidad más en lo material que en cualquier otra cosa. Por eso abundan las opciones para comer o entretenerse. La tecnología avanza cada día, y aparecen modelos nuevos de computadoras o teléfonos celulares. La gente no se cansa de comprar y comprar. Parece que lo material es lo que produce mayor felicidad, pero al mismo tiempo, no es permanente, porque siempre quieren más. En esa búsqueda de la felicidad la gente se encuentra en una espiral interminable fracasando en el intento una y otra vez.

Los judíos a quienes Jesús habla en Mateo no eran diferentes: buscaban a alguien que los salvara, pero no era ésta una salvación definitiva, en realidad buscaban un reino político. Para ellos, era todo lo que importaba. Buscaban un reino material, y por supuesto, mientras Jesús los alimentaba, sanaba sus enfermedades, echaba fuera demonios y les proveía bienestar físico en esta tierra, querían seguirle. Pero cuando Jesús comenzó a hablarles de su condición, de su necesidad real de salvación, de que necesitaban reconocer sus pecados y arrepentirse de los mismos, no les gustó. Lo que Jesús les mostró contradecía su paradigma de la felicidad. Los valores del reino de Jesús eran espirituales, no materiales.

La felicidad plena y verdadera está en Cristo.

El sermón del monte no hace mención alguna de aspectos sociales o políticos del reino. Mientras que los judíos se preocupaban por estas cosas, Jesús claramente no. En este sermón, Jesús hace hincapié en lo que una persona es—su identidad, no en lo que una persona hace—su actividad. Es por eso que Jesús dijo: “Mi reino no es de este mundo”. Por ende, las bienaventuranzas que enseñaría, no estaban supeditadas a cosas de este mundo. Su enseñanza era antitética a lo que la gente del mundo consideraba importante.

Jesús confrontaba también a una sociedad de religiosos que creían estar bien con Dios, pero ello distaba mucho de la realidad. Vivían en una sociedad dividida en facciones religiosas. Los grupos más conocidos eran los fariseos, los saduceos, los esenios, y los zelotes. Los fariseos creían que la felicidad se encontraba en el legalismo y en la tradición. Los saduceos creían que la felicidad se encontraba en el liberalismo y la filosofía. Los esenios pensaban que la felicidad se encontraba en la negación personal, en la separación del mundo, y en el monasticismo. Por esta razón vivían aislados de todo. Los zelotes creían que la felicidad se alcanzaría al derrocar a Roma. Cada grupo luchaba de manera diferente para encontrar esa felicidad. Ni siquiera pasaba por sus cabezas que su necesidad más grande era el ser salvados de sus pecados.

Cada uno de estos grupos rechazó a Jesús como el Mesías de Dios porque buscaban la felicidad en el lugar equivocado. La felicidad verdadera no se encuentra en lo que ellos buscaban. Jesús presenta un camino a la felicidad totalmente distinto. Este camino tenía que ver con el corazón. La felicidad verdadera se encuentra en actitudes internas. Cuando Jesús enseñó que eran bienaventurados los pobres en espíritu (Mt 5:3), los que lloran (5:4), los humildes (5:5), los que tienen hambre y sed de justicia (5:6), los misericordiosos (5:7), los de limpio corazón (5:8), y los que procuran la paz (5:9), Él estaba confrontando la cultura de ese día en todo sentido. Jesús sabía que la felicidad que Él ofrecía solo era posible por medio de Él. Él había venido a salvar las vidas de todos los que estaban muertos en sus delitos y pecados. La felicidad plena y verdadera está en Él.

Jesús es el único camino, la verdad y la vida. Fuera de Él no hay felicidad real y duradera. ¿Dónde estás buscando tu felicidad?