“Según nos escogió en El antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él”. Efesios 1:4

La salvación es la obra exclusiva de Dios. Nadie por naturaleza escogería a Dios. Para que una persona llegue a Dios debe arrepentirse, y esto solo es posible si Dios lo concede (Hechos 11:18).

El pecador no puede ir a Cristo a menos que Dios intervenga. Tú no puedes venir, no puedes entender el evangelio, no puedes arrepentirte, no puedes creer a menos que el Padre te traiga (Juan 6:44). Y si el Padre te trae…tu vendrás. Si alguien es elegido por Dios vendrá a Cristo y jamás será rechazado/a por Él (Juan 6:37). Cristo recibe al que viene a Él no porque el pecador tenga virtudes especiales, o algún valor intrínseco. La valía se halla, no en el regalo, sino en Aquel que lo dio. ¡Cristo jamás rechazará un regalo de su Padre!

Hay algunos que dicen que la elección pone en duda la justicia y bondad de Dios. Sin embargo, la Escritura afirma que Dios no es injusto. William Perkins, pastor puritano escribió:

“No debemos pensar que Dios hace algo porque eso sea bueno o justo, sino que eso es bueno y justo porque Dios lo hace”.

La salvación no es cuestión de justicia, la salvación es el resultado de la pura gracia de Dios. Esta maravillosa verdad aplasta el orgullo y produce humildad en el cristiano; exalta a Dios y le da toda la gloria por la salvación de los pecadores. Y, finalmente, produce un gozo sin comparación porque es increíble y asombroso el pensar que Dios haya escogido a un pecador como yo.

Spurgeon dijo: “No sé de nada que sea más humillante que esta doctrina de la elección. Me he postrado ante ella, tratando de entenderla, pero cuando el pensamiento se apoderó de mí, fui derrumbado y mi alma exclamó: ‘Señor no soy nada, soy menos que nada, ¿por qué yo? ¿por qué yo?’”