Muchos creen que la felicidad es un sentimiento especial que embarga a una persona, una sensación de bienestar o satisfacción por un logro o un acontecimiento especial. Estos picos emocionales vienen y van, por más que intentemos preservarlos. En las bienaventuranzas, Jesús habla de una realidad interna que no está limitada a una emoción momentánea basada en acontecimientos externos. Estas bienaventuranzas son características de aquellos que conocen a Dios y le pertenecen.

El Sermón del Monte está situado en un punto muy importante en la historia de la redención: la inauguración del Nuevo Pacto. El Mesías viene a proveer el sacrificio de este Nuevo Pacto en Su muerte y resurrección. ¡Qué maravilloso! Esta verdadera felicidad no depende de un sentimiento o emoción. La verdadera bendición, es decir, la verdadera felicidad, es paralela con la provisión del Nuevo Pacto. Esta provisión del Nuevo Pacto daría esperanza ante un panorama desesperanzador.

El Antiguo Testamento es el libro de Adán, su historia, y la de sus descendientes sobre la tierra. Él fue el primer rey en la historia de acuerdo a Génesis 1:28 “Y los bendijo Dios, y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra.” A él se le dio dominio sobre toda la creación. No obstante, Adán fracasó como rey y hundió a la humanidad en el pecado y la depravación. El Antiguo Testamento comienza con el pecado y termina con una maldición: “El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que venga yo y hiera la tierra con maldición.” (Mal 4:6)

El Antiguo Testamento dio la ley para mostrar al hombre su miseria; mientras que el Nuevo Testamento da la vida de Cristo para mostrar al hombre la felicidad verdadera.

El Nuevo Testamento, que es el libro del nuevo Adán, Jesucristo, comienza con una bendición. Esa bendición está conectada al Nuevo Pacto. El Nuevo Testamento empieza con un nuevo Rey que contrasta sorprendentemente con el primer rey de la historia. El primer Adán fue probado en un hermoso huerto y fracasó; mientras que el último Adán fue probado en un desierto y triunfó. El primer Adán fue echado del paraíso; mientras que el último Adán se volvió al ladrón y le dijo: “hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lc 23:43) El libro de las generaciones de Adán termina con una maldición; mientras que el libro de las generaciones de Jesucristo, que es como Mateo comienza, termina con una promesa: “Y ya no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará allí, y sus siervos le servirán.” (Ap 22:3) El Antiguo Testamento dio la ley para mostrar al hombre su miseria; mientras que el Nuevo Testamento da la vida de Cristo para mostrar al hombre la felicidad verdadera. Este nuevo Rey no fracasaría en su dominio; vendría a enmendarlo todo y hacer todo nuevo.

Claramente, el Nuevo Testamento presenta a un Rey que invierte la tragedia de la caída de Adán y nos hace súbditos de su Reino. ¡Éstas son noticias fenomenales! Por eso el ángel se refirió al nacimiento de Jesús como “nuevas de gran gozo,” (Lc 2:10) cuando lo anunció a los pastores. En esencia, el Nuevo Testamento habla de bienaventuranza, de felicidad, de satisfacción, de gozo. Sin embargo, esta felicidad no es para todos. Esta felicidad está reservada para aquellos que son partícipes de la naturaleza de Dios. Este es el contexto general bíblico de la palabra bienaventuranza.

La pregunta para ti hoy es: ¿Eres feliz? Si eres Su hijo, partícipe de Su naturaleza, eres feliz, independientemente de tus circunstancias, sentimientos u opiniones. Si eres Suyo, eres bienaventurado, eres feliz, y nada puede cambiar esto.