“Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócele en todos tus caminos, y El enderezará tus sendas. No seas sabio a tus propios ojos, teme al Señor y apártate del mal.” (Proverbios 3:5-7)

Dios permite las pruebas en la vida de Sus hijos para quitar de nosotros la atracción hacia el mundo y la confianza en las cosas del mundo. Siendo hijos, a menudo ponemos nuestra confianza en lo que se puede palpar, en nuestros logros, en el dinero, la educación o las posesiones materiales. Estamos completos en Él, sabemos que Él nos sostiene y nos protege. Sin embargo, fácilmente quitamos la mirada de Él y, en cambio, confiamos en lo que tenemos más “accesible”. Nuestra inclinación natural es andar por vista y no por fe, cuando el Señor nos manda a “poner los ojos en Jesús” (Heb. 12:2) y a buscar “las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col. 3:1). ¿En qué estás poniendo tu confianza hoy?

En Juan 6 tenemos una ilustración de una prueba en la vida de Felipe, uno de los apóstoles. Esta es una ilustración que nos ayuda a entender cómo cada uno de nosotros piensa y reacciona cuando Dios nos prueba y no vemos la solución a nuestro problema: “Entonces Jesús, alzando los ojos y viendo que una gran multitud venía hacia Él, dijo a Felipe: ¿Dónde compraremos pan para que coman éstos? Pero decía esto para probarlo, porque Él sabía lo que iba a hacer” (Juan 6:5-6). Felipe rápidamente hace un inventario, hace un análisis franco de la situación y responde de la siguiente manera: “Doscientos denarios de pan no les bastarán para que cada uno reciba un pedazo” (Juan 6:7). ¡Correcto! En términos humanos, la situación era imposible de resolver y su respuesta es lo que se esperaría habiendo analizado la situación.

Nuestro Señor lo quería ahí ya que Él a menudo nos coloca en circunstancias en las que aparentemente no existe solución. Él quería fijar su mirada en algo diferente. Esto es justamente lo que sucedió: “Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, dijo a Jesús: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados; pero ¿qué es esto para tantos? Jesús dijo: Haced que la gente se recueste. Y había mucha hierba en aquel lugar. Así que los hombres se recostaron, en número de unos cinco mil. Entonces Jesús tomó los panes, y habiendo dado gracias, los repartió a los que estaban recostados; y lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que querían. Cuando se saciaron, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que sobran, para que no se pierda nada. Los recogieron, pues, y llenaron doce cestas con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido” (Juan 6:8-13). Felipe pudo ver de primera mano que había puesto su mirada en lo terrenal, y Jesús muy amorosamente le había enseñado a poner su mirada en Él, a confiar en Él y a depender de Él. Esta lección—y muchas otras—enseñaron a los discípulos a poner su confianza en el Señor únicamente.

Mientras su mirada y su confianza estaban en Jesús, él seguía firme, confiando no en la lógica ni en las circunstancias, sino en Su Maestro.

Lo mismo le sucedió a Pedro cuando el Señor lo hizo caminar sobre el agua: quitó su mirada de Jesús. Fue entonces cuando se dio cuenta de la realidad, de lo que podía ver frente a él. Quitar los ojos de Jesús hizo que viniera la desesperanza y que sucumbiera. Mientras su mirada y su confianza estaban en Jesús, él seguía firme, confiando no en la lógica ni en las circunstancias, sino en Su Maestro. Finalmente, Pedro cedió, dudó, se angustió y literalmente se hundió.

¿Qué haces en el momento de la prueba? ¿Sucumbes y pierdes la esperanza como los que no tienen esperanza? Hermano, no dejes que las circunstancias nublen tu visión. No permitas que tu confianza esté puesta en lo que puedes ver o palpar. Pon tu confianza en Él, la única Roca inconmovible, ese Castillo fuerte que es impenetrable. Confía en Él con todo tu corazón, no en lo que sientes o temes, sino en Su Palabra, en Sus promesas y Su verdad.

– Henry Tolopilo.