“Sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.” (Efesios 4:15-16)

Jesucristo es el Señor de la Iglesia. Él es la cabeza, y Su iglesia el cuerpo. Jesús dijo que Él edificaría a Su iglesia (Mat. 16:18), puesto que es Suya, comprada con Su sangre (1 Cor. 6:20). No es de nadie más, es de Él, y Él gobierna sobre ella. La iglesia, por lo tanto, no puede actuar de manera independiente de la cabeza, sino que como lo mencionó Pablo en Efesios, depende de la cabeza. Entender esta verdad es fundamental. Jesucristo es el Señor de la iglesia y la manera en que Él ejerce Su Señorío es por medio de Su voluntad expresada en Su Palabra. Él habla a Su iglesia por medio de la Escritura. Y como Señor, comunica Su voluntad a través de Su Palabra.

Cristo es la cabeza. Como Él no hay ninguno. Nadie puede reclamar Su posición. Nadie más en este mundo tiene esa posición de autoridad ni podría tenerla. No hay nadie que tenga el derecho a dirigir y gobernar la Iglesia. El Papa no es la cabeza de la iglesia; tampoco lo es algún líder eclesiástico. Ningún rey o gobernante podría tener la categoría suficiente para ser cabeza de la Iglesia. El honor, la autoridad y la posición le corresponden únicamente a Él.

Cristo es la cabeza. Como Él no hay ninguno. Nadie puede reclamar Su posición.

La historia de la Iglesia cristiana está salpicada con la sangre de miles mártires que murieron sosteniendo y predicando esta verdad bíblica. Esto es así porque comprendieron que la única manera en que la Iglesia puede conocer lo que su cabeza dice y desea de ella es escuchando lo que Cristo dice en Su Palabra escrita. No hay otra forma. No hay atajos. No hay escondites. El que predica la Palabra está llamado a predicar y enseñar fielmente la revelación de Dios. Debe proclamar lo que el Señor dijo. Debe dejar que Cristo ejerza como cabeza, que Su voz sea escuchada.

Por esa razón, Cristo delegó a Sus apóstoles a enseñar lo que se encuentra en la Escritura. Él dijo lo siguiente en Mateo 28:19-20: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” El mandato es claro. El Nuevo Testamento es la revelación de todo lo que el Señor les enseñó y mandó que enseñaran. Esa es la razón por la que Pablo nos dice que somos “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Ef. 2:20).

No hay necesidad de escuchar voces de hombres, opiniones de reyes, ni consejos de sabios. Lo que la iglesia necesita es escuchar a Dios a través de Su Palabra.

Si lo anterior es cierto, está claro que la función de todo predicador es explicar lo que Dios ha revelado en las Escrituras. Es vital dejar que lo que Cristo ha revelado en Su Palabra escrita, sea escuchado en la congregación. No hay necesidad de escuchar voces de hombres, opiniones de reyes, ni consejos de sabios. Lo que la iglesia necesita es escuchar a Dios a través de Su Palabra. La predicación bíblica y fiel que Dios requiere enfatiza el Señorío y la autoridad de Cristo sobre Su Iglesia. El predicador que expone la verdad de manera fiel está cumpliendo el propósito que Cristo quiere para Su Iglesia. ¡Ay de aquel que haga valer su opinión por encima de la Palabra de Dios! Cristo es el Señor de la Iglesia y nadie puede usurpar Su lugar. Él es la cabeza y nadie puede acallar Su voz. Él dirige Su Iglesia y debemos someternos a Él. Que nadie tenga en poco predicar fielmente el consejo de Dios, porque Su Palabra es verdad, y el que predica debe trazarla con precisión, cuidando de no usurpar el señorío que solo le pertenece a nuestro Señor Jesucristo.