“Y el ángel le dijo: … y he aquí, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo.” (Lucas 1:30–32)

No sabemos cómo serán nuestros hijos cuando sean mayores. Esperamos con anhelo que crezcan y se desarrollen de la mejor manera. Queremos que sean felices, que sean ciudadanos productivos, que se distingan en sus carreras o trabajos, que formen un hogar, y así sucesivamente. El creyente desea que sus hijos, sobre todas las cosas, conozcan al Señor y le sirvan. Pero lo cierto es que no sabemos cómo serán en el futuro. Esta no fue la experiencia de José y María con relación al nacimiento de su primer hijo, Jesús. El futuro de este hijo fue revelado desde el principio. Ellos sabían quién era y cómo sería. Esta joven pareja supo, desde antes del nacimiento de Jesús, todo lo referente a Su naturaleza, Su vida, Su destino, y Su impacto en el mundo.

El niño más asombroso jamás antes visto se llama Jesús. Él es el Hijo de Dios, el Altísimo, que vino a este mundo para morir, ofreciendo Su vida como sacrificio, para que todo aquel que se arrepiente y cree en Él tenga vida eterna.

El nacimiento de Jesús fue un nacimiento único. Porque el niño cuya historia fue escrita de antemano en el Antiguo Testamento es único. En Lucas 1, en el relato del nacimiento de Jesús, nos damos cuenta que se dicen cosas asombrosas de Él desde antes de Su nacimiento, de tal manera que aún Sus padres estaban totalmente maravillados.

¿Qué es exactamente lo que fue dicho de Jesucristo y Su nacimiento que maravilló a Sus padres? Lucas nos da unos cuantos detalles del anuncio dado por el ángel. Este niño especial sería grande (v. 32). La palabra es megas, y puede traducirse como extraordinario o maravilloso. Conlleva la idea de sobresaliente por encima de los demás. Esta palabra también se usa para describir a Juan el bautista. Sin embargo, cuando esta palabra se usa en referencia al Señor Jesús, Lucas está diciendo que Jesucristo fue eminentemente grande, por encima de todos.

El ángel, en el versículo 32, dice que Jesús“será grande, y será llamado Hijo del Altísimo”. Esta es una referencia a Su deidad. En el versículo 35 Lucas utiliza otra vez el término en referencia a Dios:“El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso lo santo que nacerá será llamado Hijo de Dios.” En el AT el término hebreo El Elyon expresa la misma idea (Sal. 7:17; Lam. 3:37; Dn. 4:34). El término Altísimo resume todos los componentes de la soberanía de Dios. Dios es soberano sobre Su creación, sobre las naciones, sobre los hombres, sobre Su pueblo, y sobre todas las cosas buenas o malas. No hay nadie como Él o superior a Él. Él es supremo. Cuando el ángel Gabriel anuncia a María que el niño que ella iba a engendrar sería el Hijo del Altísimo, estaba diciendo que Cristo es igual a Dios. Jesús es el Hijo de Dios, quien posee la vida y la naturaleza de Dios (Heb. 1:1–3).

Ningún escritor del Nuevo Testamente habla de la divinidad de Cristo con mayor claridad que el apóstol Juan: “Hasta ahora mi Padre trabaja, y yo también trabajo. Entonces, por esta causa, los judíos aún más procuraban matarle, porque… también llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose igual a Dios.” (Jn 5:17–18) Para los judíos, que un hombre llame a Dios su propio Padre, constituía una blasfemia. Pero Jesús no era simplemente un hombre, Él era el Hijo de Dios. Era igual a Dios por naturaleza. Los judíos entendieron perfectamente bien lo que Cristo quiso decir. Él se estaba poniendo en el mismo lugar que Dios, porque lo era.

El niño más asombroso jamás antes visto se llama Jesús. Él es el Hijo de Dios, el Altísimo, que vino a este mundo para morir, ofreciendo Su vida como sacrificio, para que todo aquel que se arrepiente y cree en Él tenga vida eterna (Jn 3:16; Rom. 6:23). Si eres Su Hijo, vive eternamente agradecido por esta verdad. Si no eres Su Hijo, estás muerto en tus delitos y pecados (Rom. 3:23; Ef. 2:1), y no debes esperar más para arrepentirte: “Dios declara ahora a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan” (Hch. 17:30–31).