“Y he aquí, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de su padre David; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre; y su reino no tendrá fin. Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto, puesto que soy virgen? Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso lo santo que nacerá será llamado Hijo de Dios”. (Lc 1:31-35)

¿Cómo es que un relato tan conocido y tan simple en su narración ha llevado a la gente a una época de celebraciones tan elaboradas y complicadas? El mundo celebra el nacimiento de Cristo sin entender su significado. La navidad es una época donde la gente celebra, hace fiestas, come, da regalos y los recibe, va a eventos especiales, y mucho más. Sin embargo, el significado real de la navidad es pasado por alto, pasa desapercibido o se confunde con prácticas que no tienen nada que ver con el significado real.

El Creador del universo se vistió de humanidad.

La Biblia nos enseña que hace más de dos mil años el Dios eterno se hizo carne y vino a este mundo. El Creador del universo se vistió de humanidad. Descendió a esta tierra tomando la forma de un bebé. Fue una noche “cualquiera”, sin un despliegue extraordinario. Sin embargo, el niño que nació no encuentra comparación. Jesucristo, el Hijo de Dios, nació para salvar al mundo. Su nacimiento vino a ser el clímax de la historia.

Los judíos conocían acerca del Mesías. Ellos sabían que Él sería descendiente del rey David, que reinaría en Jerusalén y que establecería Su glorioso reino en Israel. Unas de las cosas que ellos conocían acerca del Mesías era la profecía de Miqueas 5:2 con respecto a Su nacimiento en la aldea de Belén. Pero aun sabiendo esto de antemano, lo pasaron por alto:

“Pero tú, Belén Efrata, aunque eres pequeña entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser gobernante en Israel. Y sus orígenes son desde tiempos antiguos, desde los días de la eternidad”.

Aunque en su narración del nacimiento de Jesús no hace referencia explícita a Miqueas, Lucas subraya cómo Dios providencialmente movió todas las piezas de la historia para que el Mesías naciera en Belén (Lc 2:1–7). De otra manera, si las cosas hubieran seguido el curso normal, Jesús nunca hubiera nacido en ese lugar. Sin embargo, Jesús tenía que nacer en Belén para cumplir la profecía acerca de Su nacimiento. El nacimiento de Jesús fue exactamente tal y como había sido profetizado por Miqueas. José y María estuvieron en Belén solo unos días y fue exactamente en esos días que el niño nació. El Hijo de Dios había nacido, lo prometido estaba cumpliéndose: Dios se había encarnado. Dios había cumplido Su promesa.

Dios Padre había enviado a Su Hijo Jesús para salvar al mundo, para salvar a los Suyos, a los que le pertenecen desde la eternidad. Es por eso que este día fue un día sin igual ya que Emmanuel estaba aquí. Aunque vino sin fuegos artificiales y sin música de fondo que anunciara Su llegada, el Rey había venido. Ese niño que nació en la aldea de Belén, en el lugar más sencillo y humilde posible, era el Hijo del Altísimo, y un día reinaría—y reinará—sobre el trono que fue prometido a David.

En la Navidad celebramos que Dios se encarnó y vimos Su gloria, esa gloria que un día veremos a plenitud cuando el reine en esta tierra.

En esta época recordamos el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, que nació para morir por los pecadores y resucitó al tercer día para que hoy todo el que crea en Él y se arrepienta de Sus pecados, pueda tener vida por medio de Él y Su sacrificio eficaz. En la Navidad celebramos que Dios se encarnó y vimos Su gloria (Jn 1:14), esa gloria que un día veremos a plenitud cuando el reine en esta tierra (Ap 3:21; Hch 2:34–36).

Si eres Su hijo, ¿cómo celebrarás esta Navidad? ¿Estás pensando más en las cosas de este mundo, en las luces, los regalos o en cualquier cosa menos en Él y en darle la gloria en todo?

Si no eres Su hijo, Dios manda a todos los hombres que se arrepientan (Hch 17:30–31). Su Hijo Jesús, vino a traer salvación para los que están muertos en sus delitos y pecados (Ef 2:1). Él es el único camino (Jn 14:6). No esperes más.