“Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1).

La salvación es del Señor (Salmo 3:8). Cuando hablamos de salvación en la Biblia debemos comenzar donde ella comienza, y comienza con Dios. No comienza por el hombre. Quiero ser enfático en esto. La salvación no es de nosotros, es un don de Dios, un regalo preciosísimo que no tiene comparación. ¿Por qué? Esto es así porque la salvación la recibimos por gracia por medio de la fe. Esto no lo digo yo, lo dijo el Espíritu Santo por medio de Pablo: “Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Nadie puede gloriarse en ser salvo. La gloria es sólo de Dios ya que Él es el autor de la fe de inicio a final (Hebreos 12:2).

La salvación es de Dios, de principio a fin.

La Biblia es la Palabra de Dios y como tal es la verdad. Para que no tuviéramos dudas, Juan nos recordó en su evangelio que la Palabra de Dios es verdad (Juan 17:17). Dado a que Su Palabra es verdad, debemos ir a ella para guiarnos, para entender lo que Él claramente ha dicho. Tengamos siempre presente lo que dijo el salmista acerca de Su Palabra: “La suma de tu palabra es verdad, y cada una de tus justas ordenanzas es eterna” (Salmo 119:160). Además de esto, sólo por medio de Su Palabra podemos ser salvos y santificados. Por eso queremos acudir a ella únicamente y no basar nuestra doctrina en opiniones o sentimientos.

El hombre natural, sin Cristo, está en una condición de absoluta incapacidad.

La Escritura presenta la salvación como obra soberana de Dios sin ninguna participación humana. Si somos salvos es porque Dios nos salvó. Él nos escogió, nos llamó, nos regeneró, nos justificó por su gracia y poder, porque nosotros mismos en nuestra condición de pecado ni queremos ni somos capaces de salvarnos. Por eso Pablo les dijo a los efesios que hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual (Efesios 1:3). Es en Cristo que tenemos estas riquezas. Fuera de Él no somos nada ni tenemos nada. Sin embargo, los que Él escogió, regeneró y adoptó han sido sellados con el Espíritu Santo de la promesa (Efesios 1:13-14). La salvación es de Dios, de principio a fin.

El hombre natural, sin Cristo, está en una condición de absoluta incapacidad. No tiene manera de salvarse a sí mismo por más que lo intente. Por eso es necesario que Dios intervenga. Esto es así porque alguien que está muerto no puede volver a la vida por sí mismo, no tiene capacidad de reacción y es absolutamente incapaz de hacer nada. El hombre natural está muerto espiritualmente. ¿Qué dice la Biblia acerca de la condición natural del hombre? Cuando la luz de Su Palabra alumbra sobre las vidas de los seres humanos, ¿qué es lo que esta revela? Es importante siempre permitir que la Palabra alumbre con claridad y sencillez. El hombre natural está muerto espiritualmente. Está perdido en su pecado, sin esperanza y sin solución. Efesios capítulo dos nos ayuda a entender esto, ya que provee una descripción de todo ser humano en su condición natural: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1). Pablo dice que esta era nuestra condición antes de Cristo, muertos en delitos y pecados. Un muerto no tiene vida. Alguien que no tiene vida no puede hacer nada por sí mismo, ¡mucho menos salvarse! Dios es el dador de la vida. Así como creó y dio vida a todo en Génesis, necesitemos que Él de vida a los seres humanos muertos en su pecado.

Él nos dio vida cuando estábamos muertos. ¡Qué bendición tan grande! ¿Cómo no alabarle y vivir nuestra vida para Su gloria? Si tú lees esto y no eres Su hijo, sigues muerto en tus delitos y pecados, y Dios te manda hoy a arrepentirte (1 Juan 1:9; Hechos 3:19).