Entonces Jesús, mirándole, le amó… (Marcos 10:21)

Dios es amor y ama profundamente. La Biblia es clara en afirmar que Dios no solo ama a Sus hijos, sino que también ama a Sus enemigos. ¿Acaso puede un Dios tan grande, tan sublime y tan santo mostrar amor por los que no retribuyen ese amor? A diferencia de los seres humanos que tienes dificultades en amar a sus enemigos, el relato de Marcos 10 sirve de ilustración para responder afirmativamente a esa pregunta. Un joven rico se acercó a Jesús para informarse de cómo tener la vida eterna (Marcos 10:17). Jesús le habló de la ley, confrontándolo con su pecado (10:19). Sin embargo, este joven no respondió como uno que reconoce su pecado y ofensas ante Dios, sino como uno que afirma haber cumplido con todo (10:20). El primer paso para entrar en el reino de los cielos es reconocerse pecador delante de Dios; sin embargo, el joven piensa que está bien. El segundo paso es someterse a Cristo, por eso Jesús le dice lo siguiente: “…anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz” (10:21). Tristemente, el joven tampoco estuvo dispuesto a hacer esto porque amaba a sus posesiones más que a Dios (10:22). Antes de decirle el segundo requisito, el texto bíblico claramente afirma que “Jesús, mirándolo, le amó” (10:21a). El amor de Dios no se limita solamente a los Suyos. El Señor amó aquí a un pecador no arrepentido, a un hombre que le rechazó. Ese es el Dios que adoramos, seguimos y servimos. Lo que el Señor dijo al hombre rico no lo hizo de una manera metódica y desinteresada, sino que amó a este hombre sabiendo que dentro de su corazón, no le amaba más que a sus riquezas.

Reflexión: Es reconfortante saber que un Dios tan santo y sublime se caracteriza por amar de una manera tan grande. Que podamos aprender de Él y amar como Él ama cada vez más.