Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Corintios 4:17-18).

El Señor aseguró que en este mundo tendríamos aflicción (Juan 16:33), pero al mismo tiempo nos invitó a confiar en Él. Sin embargo, a menudo el creyente desfallece ante la prueba y deja de confiar en Dios—o tal vez eso prueba que la confianza no estaba puesta en Él. ¿Está puesta tu confianza en Dios?

Dios permite las pruebas en nuestra vida para ayudarnos a poner nuestra mirada, enfoque y atención en la esperanza celestial.

Es difícil tener esperanza en un mundo de desesperanza. El ser humano tiende a confiar en lo que puede ver y palpar; sin embargo, este mundo pasa. Es pasajero. Lo que se ve, las personas, la vida y lo que nos rodea es temporal, como una neblina. Sin embargo, Dios permanece para siempre y debemos tener la perspectiva correcta en medio de la prueba. Debemos poner los ojos en Él, el Autor de la fe (Hebreos 12:2).

Dios permite las pruebas en nuestra vida para ayudarnos a poner nuestra mirada, enfoque y atención en la esperanza celestial. Este mundo, todo lo que vemos y palpamos, pasará. Sin embargo, la esperanza gloriosa que tenemos en Él, la seguridad que tenemos en Él es para siempre. Todo lo que Dios ha revelado en Su Palabra se cumplirá (Isaías 40:8). Pero Dios y Sus promesas para con nosotros nunca pasarán, son eternos. Esa es nuestra esperanza. 

La esperanza que los hijos de Dios tienen se encuentra en el cumplimiento de Sus promesas, la salvación de nuestras almas y estar con Él para siempre.

Si nuestra mirada está puesta en las cosas de esta tierra, desfalleceremos. Cuando lo que podemos ver y sentir se derrumba, cuando lo que sostenía nuestra esperanza se desvanece o esfuma, cuando lo que nos mantenía confiados se desquebraja, entonces cedemos nosotros también y nos desilusionamos. Juan lo tenía muy claro cuando en su primera epístola afirmó lo siguiente: “Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:17). La esperanza que los hijos de Dios tienen se encuentra en el cumplimiento de Sus promesas, la salvación de nuestras almas y estar con Él para siempre. Como dice Pablo en Romanos 5:5 “esta esperanza no avergüenza”. Por supuesto, Pablo hablaba de la esperanza de la gloria futura. Es esta gloria futura la que nos da esperanza y que debe sostenernos firmes en medio de la prueba.

Cuando nos caracterizamos por vivir con la esperanza puesta en las cosas de arriba y no en las de la tierra, por más que venga la prueba o la aflicción nos sostendremos firmes, anclados en esa roca. Vendrá la prueba, vendrá la aflicción, vendrá la tribulación y no habrá desilusión, puesto que confiamos en Él y en Sus promesas. Pablo insistía en lo mismo cuando afirmaba en Romanos 8:18 que “los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que ha de ser revelada”. Esto es tener la vista puesta en las cosas de arriba y no en las de este mundo. Esto es tener claro quiénes somos y hacia dónde vamos. Esto es tener presente que en Él estamos completos y que hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual (Efesios 1:3).

Hermanos, consideremos nuestra posición en Cristo y esa gloria futura que nos aguarda. Las tribulaciones deben únicamente fortalecernos, produciendo “en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Corintios 4:17). Sostengámonos firmes, sabiendo que “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6). No pongamos nuestra confianza en “las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Corintios 4:18). Confiemos en el Autor y Consumador de nuestra fe, el Redentor de nuestra alma, nuestro Salvador que nos sostendrá hasta el fin.

Dios envía las pruebas y la aflicción para reenfocar nuestra perspectiva y visión espiritual. Pero, finalmente, nuestra esperanza no se encuentra en las cosas ni recursos de este mundo, sino en la gloria futura. ¡Solo confía!