Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. (Hechos 20:28)

Los pastores tenemos una responsabilidad de vital importancia, puesto que la iglesia es de Dios y de nadie más. A menudo, y de manera errónea, alguien puede verse tentado a pensar que la iglesia le pertenece debido a su carisma, a su capacidad de liderazgo, al tiempo que invirtió en la gente o a lo mucho que trabajó en medio de ella. Sin embargo, esto no es lo que enseña la Escritura. La iglesia no es de nadie más que de Jesucristo. No es una herencia familiar. Tampoco es un club social en el cual los socios mandan. Cristo compró a Su iglesia con Su propia sangre: “la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre”. (Hch 20:28) El rebaño no le pertenece al pastor sino al Pastor. Por esta razón, cada pastor debe ser responsable de su vida primeramente para entonces cuidar de la iglesia del Señor: “Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor” (20:28).  Es una responsabilidad seria que conlleva obligaciones. Por eso, un pastor no estudia para dar un sermón. No es un trabajo para el que simplemente debe prepararse con el fin de ejecutar una tarea tal como lo haría alguien que da una exposición sobre un tema financiero o científico. Un hombre de Dios que predica la Palabra estudia primeramente para conocer mejor a Dios, para someterse a Su voluntad revelada, para crecer espiritualmente y, como resultado de su creciente relación con Dios, enseñar a otros a hacer lo mismo. La responsabilidad es seria y el llamado es único. No debemos olvidarlo. Como pastores, debemos obedecer primeramente cuidando nuestra vida, la de nuestras familias, y como consecuencia, la del rebaño que el Señor ha puesto bajo nuestro cuidado.

Reflexión: La Iglesia es de Dios y no de los pastores ni de nadie más. Debemos vivir a la luz de esta realidad con temor y temblor y ser diligentes en todo lo que hagamos.