¿Eres feliz? ¿Cómo se puede ser feliz? Muchos tratan de responder estas preguntas sin éxito. Existen innumerables opiniones al respecto, pero necesitamos la verdad, no simples opiniones. Y la buena noticia es que sí podemos tener respuesta a estas preguntas. Mateo 5:1-11 contesta estas preguntas categóricamente. No se trata de una opinión más que suma a la montaña de opiniones que han surgido a lo largo de los años. Es la verdad absoluta que solo la Palabra de Dios puede darnos.

Jesucristo se compromete a proveer felicidad verdadera, no como la que el mundo ofrece.

En este pasaje, conocido como Las Bienaventuranzas, el Señor Jesús usa la palabra bienaventurados nueve veces. Esta palabra será la llave que abrirá el cerrojo para descubrir la respuesta a las preguntas mencionadas con anterioridad. Jesucristo se compromete a proveer felicidad verdadera, no como la que el mundo ofrece. ¿Has buscado la felicidad de diferentes maneras y no la has encontrado? Si ese es tu caso, no has buscado en el lugar correcto. El Señor Jesucristo ha venido al mundo para proveer felicidad verdadera y duradera al hombre. Tristemente, no todos saben eso y ciertamente no todos lo creen. Sin embargo, la felicidad real del hombre es la preocupación de nuestro Señor.

En Mateo 5 al 7 encontramos el primer sermón de Jesús registrado en el Nuevo Testamento, y es notable ver que su primer sermón comienza con el tema de la felicidad. Parece muy adecuado para el tema que nos compete. Entiendo que en este punto te estés preguntando, “¿de dónde sacas el tema de la felicidad, ni siquiera puedo encontrar la palabra?” La palabra que se traduce como bienaventurado quiere decir feliz, y siempre conlleva la idea de felicidad, satisfacción, fortuna, o dicha.

Solamente aquellos que conocen a Dios pueden vivir en un estado de contentamiento y satisfacción permanente.

La mayoría de las personas en el mundo experimenta grados de felicidad. Emociones positivas cuando las cosas o las circunstancias externas que les rodean son positivas. Este tipo de felicidad es pasajera, viene y va dependiendo de las circunstancias. Cuando el Nuevo Testamento habla de la felicidad verdadera, se refiere a un estado constante de dicha, a un estado constante de bienaventuranza o bienestar en el cual una persona se encuentra. La palabra felicidad también tiene que ver con la naturaleza de la persona. La felicidad verdadera siempre describe a un individuo que es creyente. Jamás encontramos mención de este término en referencia a personas que no están relacionadas a Dios por medio de la fe. Solamente aquellos que conocen a Dios pueden vivir en un estado de contentamiento y satisfacción permanente.

De hecho la palabra se usa para describir a Dios mismo (Sal 68:35; 72:18; 119:12; 1 Ti 6:15). Dios en su naturaleza es feliz, bienaventurado, satisfecho, dichoso. Aquellos que pertenecen a Dios comparten esa misma satisfacción y dicha. ¿Por qué? Porque los creyentes, de acuerdo al apóstol Pedro, son partícipes de la naturaleza de Dios (2 P 1:4). Somos bienaventurados, bendecidos y dichosos porque poseemos la vida que Dios por medio de Su Hijo nos concedió. Participamos y compartimos la dicha, el gozo, la satisfacción y felicidad que Dios mismo experimenta. No hay felicidad verdadera fuera de Dios. Y no hay forma de conocer a Dios fuera de Jesucristo (1 Ti 2:5).

Esta felicidad de la que hablamos está disponible solo para los cristianos. Es para aquellos que creen en Jesucristo y se relacionan con Dios por medio de la fe. Es para aquellos que han venido a la cruz para obtener el perdón de sus pecados y han recibido una nueva naturaleza: la naturaleza de Dios. Junto a esa naturaleza, reciben esa felicidad verdadera de la cual hablamos.

Una persona que conoce a Dios por medio de su Hijo Jesucristo es una persona feliz. Es un individuo bienaventurado. La pregunta es: ¿Eres tú, hijo de Dios? ¿Te has arrepentido de tus pecados? ¿Has creído en Jesucristo para salvación? Si tu respuesta es no, es imposible que seas feliz; si tu respuesta es sí, eres feliz. No hay salvación sin felicidad, no hay felicidad sin salvación. Y tú, ¿eres feliz?