Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno. (1 Juan 5:19)

¡Qué agradable y sorprendente verdad es saberse hijo de Dios! Cuánto descanso hay en la vida del creyente al saber que en Cristo está seguro. El que no es de Dios, no está seguro. La vida está llena de incertidumbres. Puede que tengas trabajo, pero mañana no necesariamente sea cierto. No sabemos hasta cuándo tendremos salud. No sabemos cuándo morirá algún familiar o ser querido. Puede que hoy estemos bien pero que, sin esperarlo, algo suceda que haga que nuestra vida de un giro. ¡No podemos estar seguros de nada! Alguien dijo: “de lo único que podemos estar seguros son los impuestos para el gobierno y la muerte!” Para el creyente hay esperanza en un mundo de desesperanza.

Todos sabemos que no hay garantía de nada: ahorros, posesiones materiales, amistades, relaciones, etc., pueden terminarse de un día al otro. Todo pasa y pasará. Podemos estar seguro de eso. La muerte llegará tarde o temprano. Si estamos seguros de que llegará la muerte, entonces, la pregunta es:

y después de la muerte, ¿de qué estás seguro?

Muchas opiniones surgirían de esa pregunta, pero la verdad es que, ante tanta incertidumbre, es contrastante como la Biblia—la revelación escrita de Dios—está repleta de certezas:

  • Vuestro pecado os alcanzará (Números 32:23)
  • El testimonio del Señor es seguro (Salmo 19:7)
  • El que siembra justicia recibe verdadera recompensa (Proverbios 11:18)
  • Las misericordias del Señor son ciertas o seguras (Isaías 55:3)
  • Tenemos también la palabra profética más segura (2 Pedro 1:19)
  • El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve (Apocalipsis 22:20)

Como cristianos proclamamos certezas bíblicas en un mundo de incertidumbre. Es casi ofensivo para la gente que los creyentes hablemos de certidumbre. Es para ellos algo intolerable de concebir. Sin embargo, ¡es la verdad! La Biblia es un libro de absolutos. Es un libro de certidumbres: Tenemos la certeza de cómo comenzó el mundo; ciertamente, sabemos cómo va a terminar; sabemos por qué Dios creó al mundo y sabemos sus propósitos que Él finalmente llevará a cabo; sabemos por qué la gente se comporta como se comporta; sabemos la diferencia entre el bien y el mal; sabemos cuáles son los elementos que constituyen relaciones sanas; estamos seguros que hay un cielo y sabemos cómo llegar allí; sabemos que hay un infierno y quiénes llegarán a ese lugar; estamos seguros de las promesas de Dios; y estamos seguros de Jesucristo y su Obra en la Cruz a favor del pecador, de Su resurrección y Su segunda venida. ¡Estamos seguros de todas estas cosas!

El mundo no puede entender ni aceptar estas verdades absolutas. Por eso el cristiano es una persona extraña en un mundo incierto lleno de personas que viven en incertidumbre. El creyente tiene certeza en medio de la incertidumbre. Esto es así porque únicamente porque pertenecemos a Él. No estamos a la deriva, ni al azar, confiamos en Él y dependemos de Él. Escribiendo a los cristianos en Éfeso, Pablo dijo que Dios nos ha dado una garantía en cuanto a su promesa de redención: “el Espíritu Santo de la promesa, que nos es dado como garantía de nuestra herencia, con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para alabanza de su gloria.” (Efesios 1:13-14) El Espíritu Santo en nosotros es la garantía de que Él cumplirá Sus promesas y de que somos Suyos y nadie puede arrebatarnos de Su mano. El Espíritu Santo es la garantía de nuestra herencia futura. Por eso podemos tener certidumbre.

¿Por qué nos da certeza y certidumbre que el Espíritu Santo more en nosotros? El Espíritu Santo en nosotros es una garantía porque es como si Dios nos diera un anillo de compromiso que simboliza Su promesa. Dios se ha comprometido con nosotros, garantizando nuestra herencia en gloria. En Él estamos seguros y podemos tener esperanza cuando todo lo que nos rodea es desesperanzador. El que está en Cristo sabe que pase lo que pase, está seguro en Él, su futuro está seguro y nada puede separarlo de Dios. El mundo pasa. La vida pasa. Un día vivimos y el siguiente morimos. Pero los que están en Cristo, los que han sido salvados de la muerte eterna, tienen vida eterna y estarán para siempre con Él.

No hay otra verdad más gloriosa que saber que somos hijos de Dios. Y tú, ¿eres Su hijo? ¿Te has arrepentido de tus pecados y has creído en Él para salvación, reconociéndolo como Señor?